Archivos Mensuales: marzo 2012

Left behind

Nuestro segundo warhammer. Todo comenzó con el Dreadfleet porque ¿quién puede resistirse a barcos únicos y poderosos sobre un proceloso mar? y además ¿quién puede resistirse a una edición limitada, a tener un producto exclusivo que ser revaloriza cada día que pasa? y más aún ¿quién puede resistirse a construir y pintar tu propia flota? Nosotros desde luego no. Lo malo es que Games Workshop es el Apple de los juegos; empiezas interesándote por un juego y acabas coleccionando pinturas y pinceles, dedicando los fines de semana a imprimar, comprándote la White Dwarf todos los meses y pasándote las noches viendo videotutoriales de pintura en youtube.

Y no, el Dreadfleet no está pintado. El miedo a que no queden los barcos igual que en en las fotos de Games Workshop consiguió que M. haya empezado por las figuras de Cyclades y yo (mucho más modesta) por los sapos del Talismán. Pero hemos incluido el blog de Games Workshop en nuestros rituales diarios y, después de dudar mucho entre Blood Bowl, Isla de Sangre y demás golosinas, un día aparecieron en casa Las minas de Moria sobre un tapete verde como césped.

Es curioso lo de salir de los juegos de mesa, con sus líneas y sus puntos, con sus tableros y cuadrados y entrar en warhammer, un espacio abierto, una regla para decidir movimientos y un ojo cerrado para calcular la línea de visión. El ambiente fue tenso, M. impidió a Legolas atacar a su orgo porque no podía verle el pie izquierdo, yo me pelée por la protección de mis pequeños hobbits, frágiles como una tacita de porcelana. Ya no estábamos jugando, estábamos recreando una guerra en miniatura. La estrategia tenía más que ver con la organización militar que con lo lúdico. Mi ejército se volvía de carne y hueso ante mis ojos, las columnas eran obstáculos reales y difícilmente salvables.

La primera partida fue un poco de prueba, no me importó morir y más bien estaba calculando qué hacer en la segunda. Me di cuenta de que tenía que ir más rápido, que no podía quedarme atrás y debía llegar  a la puerta en el menor número de movimientos posible. Así que avancé con valor toda la compañía del anillo al unísono. ¿Toda? No, no toda. Dos hobbits se quedaron detras de las columnas. Ese fue el error. La compañía del anillo debe permanecer unida, viajar unida, vencer unida y, si es necesario morir, morir también unida. Pero Frodo se quedó atrás y no sólo se quedó atrás, sino que se colocó en una posición en la que le iba a resultar difícil, muy difícil, alcanzar a los otros.

En la guerra hay dos reglas básicas:

Nunca retrocedas

Nunca dejes a nadie atrás

Incumplí la segunda. M. se dio un gran festín. Frodo tenía que ir el primero, llevando el anillo orgulloso hasta Mordor. Yo lo dejé en la retaguardia. Podría decir otra tercera regla para la guerra que no tuve en cuenta:

Nunca vayas en contra de la historia

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La maga sin suerte

Ha sido una cuestión de suerte, me digo esta vez. Después de pasarnos la mañana desentrañando las reglas (M. traducía, yo hacía un esquema en mi libreta de juegos) desplegamos en Wiz War, un juego de lucha entre magos, un juego que tiene ese reposado sabor a clásico, a máquina que no es muy compleja ni muy sofisticada, pero que funciona a la perfección. En principio el juego va de robarle los tesoros al otro, así que me dispuse a intentarlo.

Es un juego de 2 a 4 jugadores, y puede que con 4 jugadores el objetivo de robar tesoros cobre importancia, pero a 2 jugadores y, sobre todo, con la manera agresiva que tiene M. de jugar… es mucho más efectivo matar al otro (es decir, a mí) para ganar la partida. En el primer ataque me quitó 6 puntos, y sólo necesitó un par de ataques más para acabar conmigo.

Sus cartas eras poderosas, las mías normalitas, aunque a eso se suma que me di cuenta tarde de ventajas que hubiera podido tomar. Existió, eso sí, un momento para la esperanza. Él en una sección del tablero, yo en la otra, me moví un cuadro y apareció una línea de visión de la que él no se había dado cuenta. Mi corazón empezó a latir. Me pongo nerviosa cuando las cosas me salen bien. Intentó contrarrestar mi hechizo, pero lo que sacó era un item (amarillo) y no un counter spell (morado), así que se lo habría tenido que poner antes de usarlo y, gracias al cielo, no lo llevaba puesto.

Seguí con mi estrategia de robar tesoros, abrí un hueco en la pared para ir más rápido, pero gracias a ese hueco también le abría a él una preciosa línea de visión, a la que podía acceder sin problema con sus cuatro movimientos. Me quedaban dos puntos de vida y ningún hechizo o counter spell. Caí fácilmente. Su suerte con las cartas fue innegable, pero me quedó la sensación de ser humillada y, sobre todo, la duda de si habría podido acortar la distancia y hacerle un poco más de pupa.

Aún somos torpes, aún nos cuesta traducir el sentido de las cartas y calcular correctamente y no cometer errores, pero es un juego rápido, no muy complejo y con lógica interna fácil de asimilar. Además está en inglés, con lo que a nuestro grupo de jugadoras ocasionales (compuesto por una polaca, una rusa y una estona) no les dará pereza. Te toca hundir la nariz en los viejos libros de hechizos, pequeña aprendiz, creo que pronto vas a tener oportunidad de lanzárselos a algún otro desprevenido mago dentro del laberinto.

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