El club de los perdedores: Helen

Helen es una bellísima mujer de Estonia. Llegó a Lorca como voluntaria y ahora vuelve otra vez a su país, con su corazón de oro un poco descascarillado, pero con la sonrisa intacta. Helen tiene una de esas sonrisas que iluminan los cuartos y te hacen creer en que es posible la paz en el mundo y el fin de los desastres. Por eso y por más cosas su marcha nos deja a todos una tristeza difícil de sobrellevar, y por eso le organizamos una semana entera de despedida, con juegos, desafíos y aventuras.

Ella comparte con nosotros la pasión por los juegos de mesa. Sin embargo pocas han sido las veces que ha venido a casa para jugar. Es lo que ocurre, primero es difícil encontrar un momento que nos venga bien a todos, luego lo pospones, lo dejas para más adelante, pasan los días y nunca llegas a organizar una partida. Así que antes de que se fuera teníamos que jugar al menos una última vez. Creamos entonces un desafío y lo colocamos debajo del felpudo con forma de alcantarilla que hay frente a la puerta de nuestra casa. “Tendrás —decía— que asaltar el Mirador del Castillo —nombre de nuestro edificio—. El Mirador lo guardan dos viejos huraños cuya única debilidad son los JUEGOS DE MESA. Tienes que retarlos a jugar y, si ganas, podrás dibujar la bandera de Estonia y colocarla en la nevera. A partir de ese momento, el Mirador del Castillo formará parte de Estonia”.

Llegó entonces acompañada de Maja, pedimos unas pizzas, se sentaron y eligió cuidadosamente un juego al que ya nos había vencido una vez: FAUNA. Fauna es un juego familiar que siempre tiene éxito entre las visitas. Tienes que acertar (o al menos aproximarte) el peso, la medida, la longitud de la cola y las regiones en las que viven animales de lo más variopinto. Las cartas tienen una parte verde (animales comunes) y una parte negra (animales exóticos). Normalmente mezclamos los dos colores y así la partida está compensada entre los animales fáciles y los difíciles. Esta vez, no sé muy bien por qué, sólo salían peces y animales complicados. Casi apostábamos al azar y, cuando uno ya había apostado por el peso o la longitud, los demás se apresuraban a colocar sus cubitos de madera junto a la primera apuesta, confiando más en las decisiones ajenas que en la suerte propia.

Helen deseaba ganar. Se le veía en la cara. El desafío era demasiado goloso, nada menos que conquistar una casa para su país, y entonces hacía apuestas arriesgadas, intentaba adivinar a la primera y fiarse más de los animales que había visto en Estonia que de los cubitos de madera de los otros. Apareció un león marino y Helen, ni corta ni perezosa, puso la longitud de la cola en… ¿lo adivináis? ¡2 metros! ¡Nada menos que 2 metros! 2 metros de cola le había visto ella a los leones marinos estonios. Nos reímos cruelmente y su cubito se fue quedando atrás. M. llegó fácilmente a 100 y yo detrás, en el mismo turno, así que se puede decir que los “viejos huraños” defendieron bien su baluarte ante las guerreras del Norte.

El siguiente juego fue un filler sencillo, rápido, un descanso entre partidas: Fantasma Blitz. Aunque parezca mentira, en este juego influye bastante la experiencia, y yo ya había jugado, así que, aunque intentaba no ganar demasiadas cartas y darle alguna oportunidad para que ganara ella, acabé con la mitad de la bajara entre las manos. No fue demasiado justo, no me sentí bien ganando ni me siento orgullosa ahora de haber ganado (pensamiento de perdedora, imagino que diréis).

Ya se iba haciendo tarde. El tiempo se agotaba. Helen estaba cansada de las noches de fiesta y Maja se tenía que ir a un concierto. Apurando mucho sólo teníamos la oportunidad de otra partida, así que saqué otro juego sencillo, que fuera fácil jugar y que M. y yo no conociéramos demasiado bien: Ticket to Ride. Todos queríamos que ganara Helen. Era su despedida, su noche, sus últimas partidas en nuestra casa. Sin embargo no somos como el Rey de Corazones de Alicia. Nos cuesta aflojar, no damos mucha tregua, no hacemos movimientos erróneos, no damos más consejos de los necesarios. Yo iba tranquila, con seguridad y puteando lo justo. Luego empecé a coger cartas extra de ruta y tuve suerte: la mayor parte de ellas las tenía hechas. Eso me hacía confiar en los puntos de las rutas, y en que esos puntos de las rutas me darían una victoria holgada. Me quejé de mentirijillas de que mi marcador fuera muy atrás. Contando las cartas de rutas de los otros tenía la victoria casi asegurada.

En las otras dos partidas al Ticket to Ride me perdieron dos cosas: la primera fue el ansia de ganar, la segunda el coger demasiadas cartas de ruta que luego no pude completar. Esta vez tuve cuidado con las cartas y, respecto al ansia de ganar, realmente quería perder, quería que ganara Helen, así que me relajé tanto que todo me salía bien. Destapamos las cartas y, efectivamente, mi marcador amarillo recorrió la mitad del tablero. Helen se quedó un poco triste. Ya se tenía que ir y no había conseguido ganarnos ninguna partida.

Nuestra nevera se quedó sin la bandera de Estonia, Helen se despidió de nosotros. En el fondo creo que fue bueno, que algo pendiente le queda a ella en Lorca. Así ella tendrá que volver algún día a completar su desafío, tendrá que entrenarse e ir a la guerra y planear estrategias y tirar muchos dados, para venir acá, otra vez a nuestra casa, y dibujar su bandera para demostrar que no importa el tiempo, que los desafíos no caducan jamás y que nunca es tarde para ganar la partida.

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2 pensamientos en “El club de los perdedores: Helen

  1. Oceluna dice:

    No importa ni el tiempo ni la distancia cuando se trata de un vínculo especial. Ahora ella tendrá que regresar, fortalecida, y poner la banderita donde le pertenece 🙂 Ya os podéis ir preparando

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