El póquer no es un juego de azar

De todos los juegos que he jugado en mi vida puedo decir que el póquer ha sido el más jugado de todos ellos. Jugué desde pequeña, sobre todo de pequeña, con mi hermana y mi prima y apuestas de garbanzos. También enseñé a jugar a Adriana y jugábamos con sus fichas de plástico en esas deliciosas tardes en su casa llena de animales y plantas bajo la imponente silueta del Teide. Adriana siempre me lo recuerda, las timbas de póquer y los “sueñecitos” (historias de amor romántico y pegajoso que yo les contaba por las noches para que durmieran bien) y, cuando nos reunimos, aparecen los recuerdos de apuestas, de cartas, de combinaciones fatales.

A mi padre no le gustaba que jugáramos al póquer, pensaba que los juegos de apuestas son cosa del diablo, y quizá sea por eso que jamás he jugado al póquer con dinero de verdad y no es algo que tenga en mi lista de cosas que deseo hacer. En el póquer ya te juegas demasiado para, además, jugarte tu dinero. Es un juego de espíritus, de la fuerza de tu espíritu contra la fuerza del espíritu de los otros, es un juego de saber tener paciencia y, también, es un juego de saber ser cruel en los momentos clave. Adoro cualquier cosa que tenga que ver con el póquer: las películas de jugadores, los símbolos de las cartas, barajar como una croupier, los croupiers, “La canción del croupier del Mississipi” de Leopoldo María Fumo mucho. Demasiado./Fumo para frotar el tiempo y a veces oigo la radio… los tatuajes de póquer y los libros que hablan del póquer. Concretamente uno,  La música del azar, de Paul Auster, un libro que me enseñó bastantes cosas de cómo funcionaba el mundo y que fue el germen de alguno de mis textos y, en el fondo de todo, creo que también ha tenido su parte de culpa en la creación de este blog. En La música del azar dos tipos (uno con dinero, otro con talento) se juntan para retar a los dos –no recuerdo si hermanos– con más suerte del mundo. Estos dos hermanos habían ganado la lotería y habían construido en su casa una réplica exacta del momento en el que compraron el boleto, con la ciudad y sus personajes cotidianos congelados en un momento de la historia. La partida iba bien para los protagonistas, iban ganando y ya se imaginaban saliendo de ahí no sólo con los bolsillos llenos de dinero, sino también con el halo de brillo que rodea a quien sabe que ha derrotado a los mejores. Sin embargo, en un momento uno de ellos se levantó, fue a ver la maqueta y movió un muñeco (una vez más mi memoria no podría jurar si lo movió o se lo guardó en el bolsillo). Este pequeño movimiento, esta alteración en el azar, cambió su suerte por completo. Fue una partida memorable que, como todas las partidas memorables, trajo sus consecuencias.

No. El póquer no es un juego de azar. O el azar no es algo tan tiránico como parece. El póquer es el juego de saber bailar con el azar, aunque ese baile, como me había advertido mi padre, es un baile demoníaco. No soy buena al póquer porque trato de no ser una persona demoníaca, pero me gusta ver el baile y sí, también me gusta bailar.

Hablemos de la suerte, de los juegos con demasiado factor “suerte”, en el que intervienen demasiado los dados o las cartas o cualquier otro tipo de azar. Me gustan esos juegos, en parte porque me descargan de la entera responsabilidad por la derrota y en parte porque esos juegos son los que verdaderamente enseñan algo. Enseñarte a bailar con el azar es, creo yo, lo más didáctico que puede tener un juego de mesa. En la vida los acontecimientos suceden de esa manera, movidos por un azar que algunos llamaron “dios” y otros “suerte” o “casualidad”. Saber minimizar los daños de las manos o las tiradas malas y maximizar las ventajas de las buenas significa aprender a vivir. No importa lo lista que seas si no te salen más que parejas de doses. No importa lo tonta que seas si no te salen más que tríos y escaleras. Pero lo que sí importa es, primero, cuánto estás dispuesta a arriesgar y, segundo, qué vas a hacer con las cartas que te han tocado.

Medir el riesgo es una de las destrezas que hay que tener en los juegos de azar y, amigos, encontrar ese punto justo no está al alcance de cualquiera. Puede que no exija grandes estrategias como el ajedrez, pero exige ciertas cualidades digamos, más temperamentales, más aristotélicas, más de hallar el punto medio entre dos grandes vicios.

Una vez medido el riesgo tienes que hacer otra cosa: aceptar tu suerte. No todo el mundo acepta su suerte. Sé que para mí es fácil decirlo porque –aunque casi siempre pierdo– también he de decir que casi siempre tengo buena suerte. Tengo esa especie de intuición de “estoy en racha” que me podría hacer ganar muchos euros en un casino, sin embargo, probablemente después los perdería porque, mucho me temo, lejos estoy del punto medio aristotélico en cuanto a “medir el riesgo” se refiere. “Yo hago mi propia suerte”, decía el anciano marido de Gilda con su bastón-arma en la sórdida neblina del cine negro. En el póquer también hacemos cada uno nuestra propia suerte y tenemos que vivir (vamos a pensar que una partida equivale a una vida) con ella.

Con la suerte que te toque puedes esperar, arriesgar, mentir (los que sepan mentir), reaccionar, observar… una partida de póquer es la lucha entre lo que deseas conseguir y lo que realmente puedes conseguir. Si eres capaz de ser consciente de ambas cosas y actuar en consecuencia, tendrás muchas posibilidades de ganar.

A M. también le gusta el póquer. Mucho, muchísimo. Ambos estuvimos enganchados (él más que yo, porque yo me ponía demasiado nerviosa) a un juego de ordenador en el que tenías que ganar minas y comprar pueblos con interminables partidas con los lugareños. Sin embargo todavía no habíamos jugado nunca a un póquer de verdad. Tenemos las cartas, las fichas, el tapete porque, ya os lo había dicho, me encanta todo lo que tenga que ver con el póquer, pero aún no nos habíamos puesto delante de la mesa a apostarnos dinero imaginario.

Con la llegada de Lucía ya no tuvimos excusa para no jugar. Montamos toda la parafernalia, preparé karkade “on the rocks”, y me dispuse a iniciar a mi prima en el espíritu del póquer. Al menos un poquito, al menos que metiera la nariz y se sintiera como me siento yo cuando juego, con GildaLa música del azar y “unos días soy Caín, y otros un jugador de póquer que bebe whisky perfectamente” y El golpe (Paul Newman es lo más parecido a un ángel que he visto nunca) y la locura frenética de Lock and Stock y la elegancia narrativa de Rounders y tantas, tantas imágenes y escenas a mis espaldas, porque el póquer no es sólo póquer lo mismo que París no es sólo París. Es imposible pasear por París sin sentirte parte de la historia de imágenes de París que te han llegado a los ojos, lo mismo que es imposible jugar al póquer sin todas esas escenas y personajes de película, jugándoselo todo a una carta, a una mano, a un golpe de suerte.

Tantos deseos tenía de ganar que no me di cuenta de un 9 que faltaba en mí escalera. Tanto quería maximizar mi full que no aproveché para hacer una apuesta que espantara a M. y terminó ganando la mitad de mis fichas porque su trío era de ochos y el mío de sietes (manos casi exactas). Lucía jugaba como una niña, hacía locuras y se dejaba engañar casi siempre, aunque de vez en cuando tenía suerte, esa suerte que siempre se pega como una lapa a la inocencia, y se reía como una loca y era inmensamente feliz. Yo también a veces juego todavía como una niña. M. no juega como un niño. M. es un hombre, uno de verdad, un tipo al que es mejor tener como amigo que como enemigo, que no le tiembla el pulso cuando gana pero que tiene una aversión atávica a la derrota. En un momento dijo: “este sería el momento perfecto para levantarse de la mesa” y “un jugador de póquer tiene que saber cuándo retirarse del juego”, y después de decirlo siguió ganando. Nos fuimos de la mesa sin que que llegara a deplumarnos porque, a pesar de todo, no es un tipo cruel. Lucía se fue, pero los tres sabemos que no ha sido, ni mucho menos, nuestra última partida.

El póquer es un juego, con todas sus trampas y trucos, un juego transparente, donde nos desnudamos (todo póquer es, en cierta medida un streep-poker) y dejamos ver a los otros –si están lo suficientemente atentos– la forma en que vivimos, la forma en la que bailamos con el azar y la forma en la que podrían –si son suficientemente prudentes– derrotarnos. No, el póquer no es un juego de azar, el póquer es el juego en el que nos enfrentamos a nosotros mismos, a nuestros miedos, a nuestros deseos, a nuestra suerte.

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7 pensamientos en “El póquer no es un juego de azar

  1. Lynx dice:

    Magnífico. Y no. En esto no hay suerte alguna.

  2. Lev Mishkin dice:

    Pufff. Yo no puedo con el poquer.
    Yo me acerque con otro libro, era de mi padre y en aquellos tiempos deboraba todo, era el El emperador de F. Frosyth, un libro de cuentos. El primero estaba dedicado al poquer y allí explicaban las reglas.
    Más tarde jugue mis primeras y últimas partidas, fue con los amigos. Allí descubrí que para jugar al poquer hace falta tener un determinado caracter que no tengo. No es poner “cara de poquer”, ni “farolear”, quizá sea mi incapacidad para desnudarme como tu dices.

    Estupenda entrada, y parece mentira que lo diga de un juego que detesto y que no sale mal parado de tus lineas.

  3. adri dice:

    Todavía te veo con tu boquilla francesa, los labios pintados de rojo carmin ,junto a un buen whisky, diciendo… Poker!

  4. Octavius88 dice:

    por supuesto que en el poker existe la suerte, en mayor o menor medida pero de que hay suerte hay suerte, un gran ejemplo de esto son los bad beats.
    sí, estoy de acuerdo que el poker es un juego de habilidad pero sin duda alguna la suerte tiene mucho que ver en ciertas jugadas.

    • maquiavela dice:

      Sí, pero en un juego tan evidentemente de azar hay muchísmos factores controlables, objetivos, psicológicos. A eso me refiero, a que hay que saber jugar con las cartas que te tocan y eso ya no tiene que ver con el azar.

  5. Oscar dice:

    Me ha gustado eso de bailar con el azar, la verdad que es muy original este articulo, y sobre todo muy completo.

    Aprendemos contigo, hasta la vista.

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