No tener piedad

Estábamos M. yo en nuestra última noche en Dusseldorf, después de un par de horas en el Starbucks bebiendo líquidos caros y deliciosos y con un par de cervezas alemanas abiertas con la puerta del baño.

Totalmente feliz y concentrada, comencé la partida de Wilderness, ese juego publicado por una empresa familiar en el que te pierdes en lo salvaje y tienes que sobrevivir al hambre, a la sed, a la enfermedad y al ataque de animales salvajes para llegar sano y salvo a la aldea. El juego avanza por cartas de tiempo atmosférico, cada carta tiene casillas de día y de noche y un marcador recorre estas casillas antes de pasar a la siguiente. Al principio del día recibes cartas de evento, que puedes usar para tu bien o para desastre de los otros. Estas cartas son secretas y las guardas en tu mano, pero era la primera partida y yo quería verlas bien y familiarizarme con ellas para usarlas en el momento adecuado, así que las puse boca arriba y las miraba constantemente. Gracias a estas cartas coloqué una loseta en la dirección que me convenía y utilicé a los lobos para que devoraran a M. sin piedad y lo dejaran hecho unos zorros en medio del bosque.

No resistió los ataques durante el turno de la naturaleza ni mis tiradas de dados acompañadas por una suerte implacable, así que M. murió pronto, incluso antes de que yo llegara al pueblo, pasto de las enfermedades y las bestias. ¿Fui feliz entonces? Lo cierto es que no demasiado. La partida había estado tan descompensada, yo había paseado tan tranquila mientras él se enfrentaba a tantos peligros, que me dio bastante pena y perdí la concentración.

Echamos otra. Esta vez ya no estaba tan centrada. Por un lado temía que la hora se nos echara encima y no pudiéramos comprar el bocadillo para llevar, por otro –y aunque no tuviera motivos para sentirme así– me pareció injusta mi victoria. No sé, puede ser que las victorias y las derrotas abultadas siempre nos parezcan, de alguna manera, injustas.

Tenía muchas cartas de evento, pero las usé con mucha menos inteligencia que antes. El oso no hacía más que atacarme y eso también me puso nerviosa, me hizo gastar mi movimiento en huir cuando habría podido mandarlo a su guarida de una patada. M. no se cortaba demasiado a la hora de putearme, así que su aventura de supervivencia terminó como un paseo dominical por el bosque y la mía acabó en las fauces de las bestias.

Algo dentro de mí quería perder, quería que él fuera feliz como yo lo había sido al principio del juego, pero la felicidad es un estado inestable en el que influyen demasiados factores como para pensar que podemos controlarla. El juego es sencillo, sin tantos matices en la lucha por la supervivencia como el Robinson Crusoe (con el cual viajó en la misma maleta), pero tiene sus puntos de brillo, como el turno de la naturaleza tras el turno de los supervivientes, la influencia del tiempo, las especificaciones de cada terreno o la brújula para resolver los movimientos azarosos. ¿Un consejo? No tener piedad. Cuando lo que está en juego es la propia vida no te puedes preocupar por la felicidad, por la vida de los otros.

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4 pensamientos en “No tener piedad

  1. Ludo Tecla dice:

    Al final, cuando todo se precipita y el frío y el hambre le muerden bien fuerte, Chris se da cuenta que la felicidad sólo es real cuando se comparte.

    En los juegos de supervivencia, nunca debería haber un sólo ganador.

    Muy bueno el cierre de Into the Wild.

    Abrazos.

  2. luispe dice:

    Te sigo desde hace tiempo, pero no me había atrevido a escribir. Decirte que me gusta mucho tu blog y es de mis favoritos. En cuanto al Wilderness me ha llamado bastante la atención, muy ingenioso, pero parece ser que cuanto más jugadores mejor tiene que estar el juego.

    Un saludo y a seguir así!

    • maquiavela dice:

      Muchas gracias, Luispe. Ni soy buena jugadora ni conozco demasiado, así que no podía hacer un blog al uso con reseñas, análisis y consejos. Intento hacer lo que puedo y sé, y así aportar mi granito de arena a este mundo lúdico que tanto me gusta.

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