El arte de pactar

manos
Los asturianos no sabemos hacer negocios. Es un hecho. Nos cuesta regatear, discutir, llegar a acuerdos ventajosos. Preferimos sacar la cartera pronto. Pagar pronto. Quedar bien. Eso nos convierte en los perfectos compañeros de copas, siempre peleándonos por hacernos cargo de la cuenta y por invitar a los otros, pero hace que no seamos demasiado emprendedores y que, cuando por fin lo somos, nuestras empresas (salvando la todopoderosa ALSA) se queden a un nivel de andar por casa, no competitivo, no hecho para luchar por la supervivencia del más fuerte. Bien, estoy generalizando, por supuesto que hay asturianos que aguantan la mano en el bolsillo a la hora de sacar la cartera y hay otros que serían la pesadilla de cualquier vendedor del zoco de Estambul deseoso de hinchar el precio de los artículos ante incautos turistas, pero hablo del clima general, de la sensación que produce vivir allí (tal vez también de la idealización de quien lleva seis años lejos de casa) y de la sorpresa que sobreviene cuando sales fuera, cuando conoces otros mundos, cuando ves grandes negociantes sentados a la mesa.
Los murcianos lo son, buenos negociantes digo (y también, disculpadme por ello, estoy generalizando). Las relaciones se desarrollan con una transparencia apabullante y las personas no tienen miedo ni vergüenza alguna de decirte lo que quieren de ti y lo que están dispuestos a dar a cambio. Así que hacer tratos no se limita a las altas esferas, a los políticos o empresarios, sino que cualquier ciudadano de a pie tiene ciertas habilidades básicas en este campo, y las exhibe en los momentos más inesperados. Vivir así me pareció en un principio bastante frío y agresivo, me hizo ponerme a la defensiva y también tragarme algún que otro litro de bilis después de sentir que querían algo de mí y que estaban intentando conseguirlo. No estaba acostumbrada. Sin embargo poco a poco empiezo a ver las ventajas de las negociaciones claras, de asumir que en las relaciones va a haber algo que quieras y algo que estás dispuesta a dar a cambio, y también veo la importancia de hacer negocios o, mejor dicho, la cotidianeidad de hacer negocios, la necesidad de hacerlo y no dejar eso para los hombres trajeados y encorbatados que se reúnen en despachos y engullen expressos como si fuera lo único que los puede mantener con vida.
Todos tenemos que negociar. A los asturianos nos viene bien saber eso, aunque suponga cierto desencanto. Nos viene bien aprender a cerrar tratos, llegar a acuerdos, saber qué quieren de ti, qué quieres tú de ellos y sacar el máximo beneficio posible.

Con esta incapacidad –llamémosla “geográfica”– de base, tenéis que pensar ahora en cuatro murcianos de raza y una asturiana nómada sentados a una mesa. Y tenéis que pensar en dos juegos donde la negociación es la clave de la victoria: City of Horror y Cosmic Encounter.
Óscar y yo llevábamos tiempo queriendo programar una partida de zombies. Cuando regresé de Essen lo encontré en un cafetería y solté lo típico de “tengo un juego nuevo”, “tenemos que reunirnos un día”, palabras que no tendrían por qué haber surtido efecto alguno si no llega a ser por los mensajes suyos en facebook unos días después tratando de concretar día, hora, casa y grupo de juego. El deseo no tiene poder alguno, la voluntad sí. Por eso es mejor decir fecha y hora y luego cambiarla que soltar lo de de “a ver si un día…” o contestar lo de “sí, claro, cuando quieras”. El caso es que gracias a su voluntad y mi anuencia reunió a dos amigos más y se vino el domingo a casa.
Esta vez no hubo mucha ceremonia. Habíamos quedado para jugar. Una buena amiga decía siempre que los hombres se reunían para hacer cosas y las mujeres nos reuníamos para hablar. Es otra generalización, y como tal con cierto grado de falsedad, pero no deja tampoco de tener su parte de razón. Quedar con chicos es bastante sencillo, no te tienes que preocupar por recibirlos con una gran cena, ni ver cómo le van las cosas, ni crear ninguna clase de ambiente de confianza y hogar. Simplemente decides qué vas a hacer con ellos y, una vez juntos, lo ejecutas. Preparé un sencillo picoteo de embutidos y pizza entre juego y juego, pero nada más, nada que quitara protagonismo a la verdadera razón por la que estábamos aquí.

Sacamos el City of Horror. No me había repasado las reglas, pero me acordaba bastante bien. Desplegamos la ciudad en las últimas horas del apocalipsis y dejamos que la belleza del juego hiciera su efecto. Funcionó. Estaban maravillados. Además expliqué las reglas rápido y mal y ellos las entendieron bien, hicieron las preguntas adecuadas y empezamos a intentar sobrevivir.17765_4566464432251_466141218_n Mi mujer de negocios estaba sola en el banco, contra más zombis de los que habría sido razonable para un segundo turno. Sin embargo tenía buenas cartas para deshacerme de muertos vivientes y me quemaban en las manos. Además, era de esa clase de cartas que ponen una explosión en la torre de agua o en la armería, y en la torre de agua había dos jugadores demasiado cómodos, demasiado tranquilos y quería darles una sorpresita. La otra vez que jugamos al City of Horror no habíamos seguido la regla de las explosiones y ¡qué demonios! me apetecía probarla, a ver qué se sentía.
Error. Gran error. El juego acababa de empezar, aún no nos habíamos tomado la medida, aún no le habíamos olido el culo al otro animal ni habíamos calibrado la fuerza de su cornamenta o la rapidez de sus reflejos. Una acción de ese calibre, una acción que desequilibrara la balanza tan pronto me dejaba totalmente al descubierto. Decía algo así como: Eh, tíos, voy a por vosotros. Me dan igual los zombies y el equipo y la supervivencia del grupo y esas mierdas. Me la sudan. Estáis jodidos. Voy-a-por-vosotros.
Toda esa actitud chulesca y kamikaze la habría podido esconder detrás de mi cara de niña buena y torpe, creo que habría tenido la oportunidad de dejarles un poco descolocados, sin comprender muy bien a qué había venido eso, pero ahí estaba M., y él no iba a dejar pasar la oportunidad de ayudarme a cavar mi propia tumba. M. me conoce bien. Muy bien. Demasiado bien. Sabe mis puntos débiles y la mayoría de los recovecos de mi mente retorcida, sabe dónde dar para que manque y ver más allá de la calma o inconsciencia aparente de mis acciones. Así que entre él y yo conseguimos que nadie quisiera hacer tratos conmigo. Nunca. Jamás. Ni por todo el oro del mundo. Unas pocas palabras suyas y ya estaban todos convencidos.

Regla número uno: empieza con suavidad. No seas demasiado agresiva al principio. Espera que se confíen, que confíen en tí, que pienses que eres digna de confianza.

Cerezo nos aclaró, gracias a su extensa experiencia en el tema de los muertos vivientes, que en un apocalipsis zombie sólo hay sitio para tres personajes: el zombie, el caníbal y el superviviente. Yo me había destapado ya como caníbal, así que no pude intentar otra cosa. Óscar era claramente zombie, sus errores, su inocencia y su piedad lo convertían en un perdedor casi seguro. Quedaban Pascual, Cerezo y M. M. había perdido un personaje por mi madrugadora explosión, así que tampoco tenía muchas posibilidades. Un caníbal, dos zombies, dos supervivientes. Y aún eran las 2:00.
Los dos supervivientes se apoyaban a muerte entre ellos, se debían y pagaban favores, se repartían alegremente vacunas y cartas. Era casi imposible romper esa alianza. Era de esas alianzas que se habían forjado con los años, que se habían hecho sólidas con noches y días y momentos. Los dos llegaron al final con muchas oportunidades de conseguir la victoria. Con los dos zombies fuera de juego y los dos supervivientes siendo tan leales como viejos soldados que jamás hablan de la guerra, a la caníbal le quedaba poca, muy poca esperanza.

Último escenario del último turno. Un personaje de Cerezo, uno de Pascual, uno mío. Cinco zombies en el exterior. Yo tenía una carta que podía evitar el ataque, pero la pregunta era ¿me interesaba realmente evitar el ataque? El turno anterior había prometido favorecer a Pascual en las votaciones, ya que iba a ser jugador inicial. No era una gran promesa, pero precisamente por eso, porque no era una promesa demasiado grande, porque no parecía una trampa, aceptó. Cerezo intentó un pacto conmigo. Una última oportunidad. Me iba a dar una carta y un antídoto y, si el antídoto que había en la habitación se lo quitaba de encima, entonces ganábamos los dos. A mí no me salían las cuentas, sobre todo porque, después de quedarse con todo, nada le impedía no deshacerse de ello y ganar tranquilamente, como buen superviviente que había sido. De todas maneras me dejé engatusar, pero le pedí su pago como adelanto, le pedí el antídoto y la carta que –se suponía– iban a equiparar mis puntos a los suyos. Me los dio y ya estábamos listos. Entonces, rápidamente, miré a Pascual y le dije ¿nos lo cargamos? Uno, dos, tres y… dos dedos señalando a Cerezo.

Regla número dos: Aprovecha los segundos finales, cuando está todo pactado, cuando ya todo el mundo tiene decidida su jugada, para coger la última ventaja. En esos momentos la guardia está baja, ya no hay lucha, ya todo parece decidido, sólo queda una rendija que puedes aprovechar.

La caníbal había traicionado y dejado morir a sus compañeros hasta el final. Con Pascual sí me salían las cuentas. Nuestras cartas valían exactamente lo mismo y nos montamos los dos en el avión, observando desde arriba el desastre, la muerte, la destrucción y el caos.

Quedaron tan encantados con el juego que nos pidieron otro. Otro de puteo, luchas, ataques y traiciones. Teníamos el juego perfecto para completar la noche: Cosmic Encounter. Preparé el juego mientras ellos fumaban en la terraza y traté de explicarlo lo más rápido posible. De nuevo bastante a trompicones y de nuevo me entendieron sin problemas. Usamos los alienígenas verdes y los amarillos, aunque después de jugar creo que tal vez habría sido mejor usar solo los verdes. En el juego tienes que estar atento a más cosas de las que puede parecer en un principio, y las habilidades de los amarillos no son tan diáfanas y hay que calcular mejor.

cosmic hand

Yo tenía el zombie. Seguramente quedó en la mesa un resto del juego anterior y los espíritus de los zombies fueron a dar a un cuerpo alienígena, o puede ser simplemente que el zombie ronde siempre alrededor de nuestra mesa, esperando pacientemente el momento de devorarnos. El caso es que el zombie suele aparecer en nuestras partidas, y jugar con él es tan agradable y bobo como recoger margaritas en el campo. Simplemente el zombie no muere nunca. Así que puedes arriesgar todo lo que quieras e inmiscuirte en cuantos ataques te venga en gana, si pierdes no tendrás más que recoger tus naves y llevarlas de vuelta a casita.

Resumo. Después de unos cuantos ataques la cosa estaba así: M. con 4 colonias, los demás con 3. Sólo le quedaba una nave para ganar. Cerezo y yo pronto nos adelantamos y por fin estábamos los tres empatados y los tres con posibilidad de compartir una victoria. Turno de M. Carta de destino: azul. Atacó a Pascual y nos pidió ayuda. Luego se lo pensó mejor… “Y digo yo, mejor que una victoria compartida de 3… ¿no prefieres una victoria de 2?” Obviamente con ese 2 no se refería a mí. Sellaron el pacto entre caballeros y me dejaron fuera. Simulé calma, pero estaba enfurecida, rabiada, triste. Iba a ayudar entonces a derrotarlos. Pascual me dijo que él me ofrecía una victoria en solitario: es decir, me ofrecía ganar yo y nadie más. Me gustó la oferta. Me pareció justa, preciosa, poética. Acepté. Él tenía un fulgor para declarar perdedores a todos los contendientes de la batalla. Yo sonreí.

Luego M. y Cerezo empezaron a hacer las cuentas otra vez y entonces sí parecía que necesitaran mi ayuda. Pasé de ellos. Aunque ganaran ya no me interesaba formar parte de ese grupo. Llevo mal que me dejen fuera de los grupos –una infancia difícil en un colegio difícil con niños demasiado diferentes a mí me hizo tener que soportar más de un rechazo del grupo, y todavía  es algo que me cuesta sobrellevar–, y cuando me ofendo soy capaz de arriesgarlo todo, de dejar atrás la victoria, la partida o lo que sea. Podía haber estado ahí, en el carro de los ganadores, pero no habría sido una victoria bonita, sino una victoria a rebufo, sin brillantez. Bredon, el maestro de Tak de Kvote decía, en El temor de un hombre sabio, que lo importante no es ganar, sino hacer una partida bonita. Ni por todos los planetas del mundo me habría arriesgado yo a una victoria en la que todo (tanto excluirme como incluirme al final) lo habían decidido otros y no yo.

Óscar los ayudó a ganar. Aún no sé muy bien por qué. Creo que fue porque M. y él pactaron al principio ayudarse mutuamente y quería seguir manteniendo su palabra o porque ya era tarde y quería irse a casa. El caso es que contrarrestó el fulgor de Pascual y gracias a eso vencieron M. y Cerezo, sonrientes, ufanos y diciendo que había sido tonta, que podía haber ganado con ellos. Es verdad. Podía haber ganado con ellos. No por mí misma, no con una victoria bonita ni con un floreo final, pero podía haber ganado. Eso nos lleva a la tercera y última regla.

Regla número tres: Arrímate siempre a los ganadores. Ellos te llevarán, casi sin que te des cuenta, a una victoria. Tibia y sin brillo, pero victoria al fin y al cabo.

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10 pensamientos en “El arte de pactar

  1. Lethan dice:

    Genial entrada, como todas.

    Sobre lo de los pactos, yo ya tengo tanta fama de sanguijuela que pocos son los que aceptan hacer algún tipo de alianza conmigo xD

    Y luego claro, si le sumas que en los juegos tengo un carácter muy belicoso y le doy por el saco a todo el mundo, te encuentras con un escenario en el que todo el mundo me zurra a la vez y nunca gano. Pero la diversión es lo que cuenta al fin y al cabo, ¿no? 🙂

    Sobre el último consejo, yo prefiero la victoria trabajada a largo plazo, a base de pactos rotos y puñaladas traperas que una fría victoria compartida. La gloria no se puede compartir.

    Un saludo!

    PD: ¡¡¡¿¿¿Cómo puede gustaros una mierdaca como el Cosmic Encounter???!!! ;P

    • maquiavela dice:

      Sí, sí, claro, todos preferimos esa clase de victoria. La otra no sabe a nada. Sin embargo, objetivamente y sin orgullo de por medio, sigue siendo victoria. ¿Vale la pena? Eso ya no lo sé.

      P.D. No sólo nos gusta. ¡Nos encanta! ¿Por qué? Porque la experiencia de juego es tremendamente intensa y divertida. Y me apasiona la idea de razas alienígenas pisoteando reglas alegremente.

  2. Ludo Tecla dice:

    Nadie gana. Es un espejismo. En realidad, todos perdemos.

    Unos más que otros.
    Pero todos perdemos.

  3. Néstor dice:

    Veo que ya te has percatado de la sutilidad de los murcianos en lo que se refiere a los negocios… son gente bastante directa y pícara.

    Por cierto, si estás en Murcia, quedáis invitados a pasaros por nuestra asociación (en Cartagena).

    Saludos!!

    • maquiavela dice:

      Pues sí, es algo que me molestaba al principio, pero que he aprendido a valorar.

      Cartagena nos queda un poco lejos (no tenemos coche y la red de transportes en Murcia deja bastante que desear), pero aún no la conozco y tengo ganas. Si no voy antes, cuando traigan el tesoro del Odissey seguro que me acerco. No soy muy nacionalista, pero me encanta que nos lo hayamos podido quedar.

  4. Que buena entrada, me ha encantado, ja ja.
    En mi grupo de juego no solemos ser tan competitivos aunque siempre hay quien se pica cuando le hacen un feo, je je.

  5. luispe dice:

    Me encanta como escribes, es que da gusto leerte. Tenia ganas de seguir leyendo esta entrada aunque solo fueran dos párrafos más.

    No llevo tampoco mucho en este mundo, pero nunca he podido jugar a un juego de este tipo porque mi grupo son en muchas ocasiones yo, en las demás 2…pero tengo que probar uno algún día

  6. Oceluna dice:

    Preciosa crónica. Chapó.
    Un saludo 🙂

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