La noche ligera

Soy de las que piensan que la forma en la que pasas el fin de año va a marcarte de alguna manera para el año siguiente. Soy de las que dejan la maleta en la puerta para que haya muchos viajes, soy de las que toman una uva en cada campanada y sí, soy de las que aceptan cualquier tradición absurda que le propongan como atarse cintas de tres colores, ponerse bragas rojas o meter un anillo en la copa de champán. Sí. Soy supersticiosa. Igual no en el sentido habitual del término, pues me dan lo mismo los gatos negros, las escaleras y la sal, pero sí en el sentido más amplio de creer que los pequeños actos tienen enormes consecuencias.

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El año pasado M. y yo habíamos decidido que pasaríamos el fin de año de 2012 en Nueva York. Pasearíamos por Central Park y subiríamos al Empire State. Pero fue pasando el tiempo y, cuando nos quisimos dar cuenta, ya era demasiado tarde para preparar viaje alguno, así que nos quedamos en Murcia.

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Sin embargo no fueron unas navidades malas. En nochebuena nos acogieron los papás de M. y nos acurrucamos en la mesa-camilla para jugar un leyendas de Andor que, si bien terminó en fracaso, resultó bastante épico. El hermano de M. es de esas personas fáciles de convencer para jugar a casi cualquier cosa, y siempre que vamos a su casa nos aprovechamos de esa circunstancia. Lo cierto es que me haría ilusión ganar alguna vez al Leyendas de Andor, para saber lo que se siente (la leyenda introductoria no cuenta porque no seguimos demasiado bien las reglas). Lo malo que tuvo la partida fue que tuvimos que parar para cenar y cuando volvimos a retomarla ya habíamos perdido el hilo, las ganas y un token de niebla que jamás volvió a aparecer. Un consejo de amiga: a las Leyendas de Andor se juega del tirón. Es como una película, hay que verla seguida o después te cuesta meterte en ella. Pero bueno, todo sea por esa paellaca que nos zampamos.

Para la Nochevieja nos llamaron unos viejos amigos de M. y nuevos amigos míos. –¿Tenéis algún plan? –Pues no, la verdad es que no. –¿Por qué no la pasamos juntos, venís a casa, hacemos la cena entre todos y os traéis algunos juegos? –No suena nada mal.

Sí, puede que no fuera Nueva York, ni Praga, ni Cabo de Gata, pero íbamos a empezar el año con buena gente, buena comida y buenos juegos. Y, qué queréis que os diga, me parece la forma perfecta de hacerlo.

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Estábamos tan emocionados que M. me dejó cocinar tres de los platos más engorrosos que conozco: makis, pastel de cabracho y lo que pretendía ser una Red Velvet. Tan contentos estábamos que llenamos nuestra mochila más grande de todos los juegos que cabían en ella.

Cenamos como animales, tal como dicta la tradición, bebimos como cosacos, todos (menos M., a él le gusta pensar que no es supersticioso) engullimos una uva en cada campanada y nos volvimos a sentar a la mesa. No estábamos para pensar demasiado, así que sólo sacamos juegos ligeros, juegos de esos que se explican jugando y que no exigen mucho esfuerzo ni espacio. Esta vez no jugamos porque quisiéramos comprobar los sutiles engranajes de un Chvátil, ni la enrevesada mente perversa que habitara las Mansiones de la Locura, queríamos jugar porque queríamos divertirnos juntos, pasar el rato, acostarnos tarde y no dejar de beber en ningún momento. Jugamos como juegan los niños, sin complicarse demasiado la vida, y eso fue lo grandioso de la noche.

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Comenzamos por un juego que ha triunfado gracias a su meridiana sencillez: Love letter. Tan sencillo es, tan poco nos pide, que es el único juego de todos los que tenemos M. y yo al que hemos sido capaces de jugar sin levantarnos del sofá. Tardaron un poquito en cogerle el tranquillo y al final M. se quedó con todos los favores de la princesa, pero nos dejó buen sabor de boca. Tiene un poco de todo: estrategia, puteo, cálculo. Todo en dosis tan mínimas que es imposible sentirse apabullado. Sí que se nota la experiencia a la hora de jugar, pero es una experiencia que se adquiere en una o dos partidas como mucho, así que casi siempre jugaremos entre iguales. Sí, lo bueno de los juegos sencillos es que igualan a los jugadores y hacen que nadie se sienta excluído o, en mi caso, perdedor.

Las ideas geniales dan como resultado objetos sencillos. Love Letter es una idea genial. Es impresionante cómo un mazo de 16 cartas puede dar tantas buenas sensaciones, y me hace pensar en una vuelta a los orígenes de los juegos, una huída de los miles de tokens y los libros de reglas de 30 a 50 páginas. Sí, los juegos ligeros vienen pegando fuerte y ¡que se preparen los grandes! porque cualquier momento y cualquier lugar pueden ser buenos para un Love Letter.

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Después de que la princesa eligiera a su cortejador más hábil sacamos un jueguecito de carreras recomendado por nuestro amado Robert Florence: Magical Athlete. Es un juego que no tiene nada. Primero subastas a los corredores y luego realizas las carreras. Cada corredor tiene sus habilidades especiales, así que el éxito o el fracaso de los mismos se dan por las sinergias que se establecen entre unos poderes y otros. Los personajes son de lo más variopinto, y sus habilidades también, desde la profetisa que intenta adivinar al ganador de la carrera, hasta el centauro, que da patadas a quien supera en su camino. La verdad es que las habilidades están bastante descompensadas, por lo que hay que estar atentos en la fase de subastas para llevarse a los mejores. Esta asimetría es el gran éxito del juego, aunque la verdad es que me hubiera gustado un tablero de carreras un poco más elaborado, con alguna casilla especial que provocara alguna reacción. Aún así es tremendamente divertido y asegura carcajadas.

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Todavía teníamos la mochila llena, pero nos decidimos por otro jueguecito al que nos gusta jugar de vez en cuando y que sólo podemos sacar con los amigos angloparlantes: Epic Spell Wars. Confieso que ya estaba medio dormida y que la grappa casera de V. iba haciendo efecto, así que no lo disfruté tanto como otras veces ni estuve del todo concentrada, pero me siguió fascinando lo gramatical de este juego. Llevo tiempo pensando en eso, en los mensajes articulados y en la gran fuerza que tienen. Aquí puedes intercambiar una primera parte del hechizo por otra primera parte, pero nunca por una segunda o una tercera. Tampoco puedes alterar el orden. Es como un emoticon: ojos, nariz, boca : – ). Puedes poner ojos diferentes ; – ), nariz diferente : o ) o boca diferente : – P, pero no puedes alterar su orden sin que resulte incomprensible : ) -. Creo que es por eso por lo que siento más cercanos estos emoticonos construídos gramaticalmente por mí misma (con una identificación rápida de las partes de mi cara) que los dibujos prefabricados de whatsapp, line y demás familia, y por eso también es por lo que me creo más los hechizos tontos del Epic Spell Wars y me siento más maga lanzándolos, que otros hechizos más poderosos y fantásticos de juegos estéticamente más bonitos. Sí, creo que la posibilidad de construcción influye directamente en la verosimilitud del mensaje y la identificación de quien lo lanza con el mismo, y creo que si escribiera esta teoría en una carta y se la enviara por correo a Noam Chomsky puede ser que cambiara para siempre el curso de la lingüística, aunque esto último me parece que es consecuencia de la fiebre y la ausencia de oxígeno en el cerebro. No sé, quizá sea sólo la pasión que tenemos por construir cosas complejas a partir de elementos simples lo que me fascina tanto.

Llegó entonces un punto en la noche en el que me debatía si quería ir a dormir o quería jugar un Tokaido. Era el momento perfecto para un Tokaido. Ya estábamos metidos de lleno en el mundo de los juegos y sé que no habría costado casi nada llegar hasta Bauza. Sin embargo no era yo la única cansada, la noche nos había vencido y era justo aceptarlo e irse a dormir.

Fue una noche de comida copiosa y juegos ligeros, de esos que a veces sólo pides para rellenar los pocos euros que quedan hasta el envío gratuito, de esos que a veces no valoras en su justa medida, pero que te hacen volver a jugar como solías hacerlo, tranquila, sin pensar en reglas ni en estrategias complejas, con la esperanza de que este año también sea sencillo, que no haya que tomar grandes decisiones y que las cosas se resuelvan por sí mismas.

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Un pensamiento en “La noche ligera

  1. Lethan dice:

    Qué bien escribes hija, no me cansaré de decírtelo 🙂

    El Love Letter también me parece un juego la mar de majo. Como dices, un poco de todo y un mucho de risas. Ideal para enseñárselo a los no jugones.

    Los otros dos no los he jugado, pero el de las carreras de bichos pinta divertido, aunque la mecánica pinta parecida al Gauntlet of Fools… ese no me gustó porque todo el juego estaba en la subasta inicial; luego te tirabas 30 minutos sin pensar ni tomar ninguna decisión. Un asco.

    Un saludo!

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