El mal es un oficio solitario

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Hay un tiempo de abrazar y un tiempo de soltarse del abrazo.

Ésta es una de mis citas de la Biblia, una de esas que resuenan fuerte, como pronunciadas por el mismo dios o repetidas por los más desesperados pugilistas de la postguerra española. Recuerdo que la leí por primera vez en ese libro de boxeo de Ignacio Aldecoa que me regaló mi madre porque hubo un tiempo en que pensaba que el boxeo era el mejor deporte del mundo. Un tiempo de abrazar. Un tiempo de soltarse del abrazo. Después la pronunció el loco y genial Isaac en clase, después la leí yo misma en el mismísimo Eclesiastés, en esa edición de la Biblia del Peregrino que me recomendaron. Más tarde la he repetido muchas veces en mi cabeza, como un secreto, como una llave, como una solución.

Hay un tiempo de soltarse del abrazo. Eso nos cuesta, eso nos jode, eso es lo que no podemos soportar. Nos gusta estar unidos, dulces, cariñosos, sin más allá de un abrazo que nos protege. Incluso al púgil lo protege el abrazo, envolviéndolo en la verticalidad del oponente y alejándolo de la horizontalidad de la lona, de la rendición, de los números del uno al diez, del final y del fracaso.

Hay un tiempo de jugar. Hay un tiempo de guardar los juegos. Lo mismo que hay un tiempo de escribir y hay un tiempo de guardar silencio. Sería un error terrible escribir cuando no es tiempo o jugar sin verdadero amor al juego. Es un error seguir abrazado cuando es tiempo de soltarse del abrazo. El verdadero arte consiste en entender y aceptar los tiempos, en no forzar los abrazos, los juegos, las palabras. Sería como pasear en pantalón corto en pleno invierno o ponerse un grueso abrigo de plumas en plena canícula.

Luego está el lector, claro, el que espera un post semanal (¿qué menos?), el que me ha ofrecido su tiempo, su cariño y a veces incluso algún mail, el que ha adquirido ciertos derechos en este tiempo. Tú, lector. Tú que no entiendes si es que ya me he cansado de jugar o de escribir, si ya no tengo ganas, si se me agotaron las ganas o las ideas, si es que ya he dejado de perder. Tú tienes toda la razón. Tú debes exigir, zarandear, reclamar. Sí. Es verdad. Sólo te pido que entiendas esos extraños tiempos, tan volubles como inexplicables, que me llevan a veces a dejarte abandonado y solo, a quitarte tu merecido post semanal como la madre que le quita el beso de buenas noches a sus hijos y por eso cruel y por eso no tiene excusa.

Habíamos hablado del abrazo y tenemos que seguir con el abrazo. El abrazo de ellos, de los otros, de los héroes que iban juntos, discutiendo las mejores jugadas, felicitándose mutuamente. El abrazo inquebrantable de los compañeros de armas, que tenían tres mentes y una sola voluntad. Hablemos de ese abrazo. El abrazo que no me incluía, el abrazo que me dejaba fuera, pero –a pesar de todo– el abrazo que sólo podía existir gracias a mí.

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Por fin habíamos podido juntarnos (no todos, pero sí los suficientes) para continuar la campaña de Descent. Mi torpeza y mis olvidos de reglas hicieron que rn el primer encuentro el “goblin bien cebado” se convirtiera en un pobre “goblin famélico” e hizo que los héroes terminaran con demasiada ventaja y que se sintieran fuertes y hermosos cuando terminamos, mientras yo me retorcía en mi propia desgracia y hacía esquemas y tomaba apuntes del libro de reglas para no volver a sentirme timada, para responder con la regla adecuada en el momento preciso, para no dejarles campar a sus anchas.

He de decir que la sensación fue mejor en el segundo encuentro y que mi libreta de reglas cumplió su cometido. También he de decir que perdí, que a pesar de todo perdí, pero luché hasta el final y no noté el agrio regusto del fracaso en la boca. Eso no sé si basta, pero es un buen comienzo.

El segundo encuentro de la aventura era un puro dungeon, de paredes estrechas, puertas y muchos monstruos. Llené aquello de arañas, de goblins, de dragones ¿dragones? Sí, dragones. No había nada que me impidiera usar a los dragones, así que los planté en una habitación en la que apenas cabían. Sabía que no tenía muchas opciones, pues Splig no había conseguido vida extra y los héroes se habían apropiado unos cuantos tesoros que usaban una y otra vez alegremente (nota mental: buscar si un frasco de elixir de vida o una botella que explota cuando la lanzas se pueden usar cuantas veces quieras). Así y todo no me dejé intimidar. Tener dragones ayuda bastante para no dejarse intimidar, y si no que se lo digan a Daeneris Targaryen.

Las arañas resistieron poco. Los dragones fueron más fuertes, pero mi mano no tenía energía. Lanzaba los dados sin seguridad, sin confianza en mi misma, con seis ojos rezando para que fallara. El mal es un oficio solitario. Hay que acostumbrarse a esa soledad, a que nadie desee que ganes, a que todos te maldigan, a que nadie te dé consejos, te acompañe o te abrace. Tienes que acostumbrarte a eso y disfrutarlo. Sentarte en tu atalaya y saber que estás en un lugar incómodo, pero lleno de poder y desde el cual se ve el mundo de otra manera. Tienes que dejar de desear tener apoyos, a alguien con quien hablar o que te comprendan. No te van a comprender. No te van a querer. Vas a tener que ser tú misma la que confíe, vas a tener que sacar la fuerza de tus monstruos y la voluntad de tu ira.

Tuve mala suerte en general, pero un par de buenas tiradas que dibujaron una maligna sonrisa en mi cara. Hay un tiempo para envolverse en el mal, como si fuera un manto precioso. Justa pero implacable les recordaba lo que podían y lo que no podían hacer, lejana pero amable aprovechaba sus momentos de discusión para ejercer de anfitriona y llevar tintos de verano y patatitas. Igual tendría que haberme quedado a escucharlos, pero cuando lo hacía era bastante descorazonador ver cómo tarde o temprano alguno de ellos se daba cuenta de ese pequeño error o resquicio que tú ya tenías decidido aprovechar.

Splig quedó solo y es demasiado fácil morir cuando estás solo. Lo dejaron moribundo una ronda más para rapiñar un tesoro (de nuevo los dados estaban del lado de los buenos) y acabaron con él sin despeinarse demasiado. Yo sabía mis desventajas y el final no me sorprendió, pero así y todo no me rendí, luche como luchan los desesperados, sin miedo a morir, sin apego a la vida.

Luego se acabó el juego y volvió el tiempo del abrazo. Sólo había que aceptarlo, que ser consciente, que amar la soledad que conceden los deseos oscuros y la voluntad del mal, para recuperar el abrazo. Ahora ya lo sabes. Sabes que volverá otra vez el tiempo de soltarse del abrazo, el tiempo de luchar, de no tener piedad, de reírte del bien y de tirar los dados sin miedo a la voluntad de los buenos, los limpios, los píos, los carentes de pecado. Será pronto.

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2 pensamientos en “El mal es un oficio solitario

  1. Lynx dice:

    Con entradas como esta se te perdonan todos los tiempos de soltarse del abrazo (o casi).

  2. Carlos S. Olivares Pérez dice:

    Impressive.

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