El triunfo de los discretos

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El verano sigue su curso, agosto avanza inexorable hacia los exámenes de los críos, los proyectos de otoño y la luz de septiembre. Los chicos siguen en las playas y llenan el facebook con fotos de barcos, arena, bikinis y trajes de boda. Se hace difícil encontrar a alguien que se pase la noche entera del sábado moviendo figuras por mundos de mentirijillas. Sin embargo no hay que perder la esperanza ni la voluntad de jugar, hay que empeñarse, hay que mandar mensajes, mails, guasap, señales de humo… lo que sea. Y sí, al final nos reunimos tres, más apasionados por los tableros que por las barras, y nos pasamos –así, como si nada– ocho horas luchando los unos contra las otras (la otra en este caso).

M. tiene la fea costumbre de antojársele un juego del que apenas recordamos las reglas y con al menos 15 páginas de explicación unas pocas horas antes de empezar la partida. También tiene la fea costumbre de confiar excesivamente en mi buena memoria o en mi rapidez lectora o en los milagros, así que hoy tocó el “cómo me apetece jugar al Wiz-War” –Pero si está en inglés y es todo a base de hechizos. –No importa. Quiero jugar al Wiz-War. –Pero si no nos acordamos de nada. –Eso te lo lees tú en un momento. Y no creáis que admite discusión cuando se le mete algo entre ceja y ceja, así que no discutí e hice lo que pude. Gracias a Dios Cristóbal es de esas personas tocadas con el don de la paciencia infinita y aguantó mis atragantadas explicaciones mientras trataba de leer en oblicuo las reglas, mis rectificaciones cuando me había confundido y mis lagunas y colocó su móvil listo para traducir las cartas. “Nos lo tenemos que pillar en español” fue la frase más repetida de la noche. (Por cierto, si alguien quiere un Wiz-War baratito en inglés y con los magos pintados que hable).

Empecé bien, con una buena mano y un plan claro. Iba directa a por el tesoro de M. ¿Qué pasó? Que lo conseguí, claro que lo conseguí, pero cuando me quise dar cuenta ya tenía a M. y a Cristóbal encima arramblando con mis tesoros (los míos y el que había conseguido sisar). Luego tuve una tanda de cartas malas, lo cual me desanimó y me hizo cometer algún que otro error estúpido, y llenaron mi base de trampas y obstáculos, de tal manera que era imposible moverse. M. y yo, por supuesto, no pudimos evitar la tentación de lanzarnos algunos ataques (con mayor o menor fortuna, pero nunca matando a nadie) y Cristóbal aprovechó para escabullirse y ganar el juego incluso antes de haber pisado su campamento. Nos quedamos un poco chafados, la verdad, pero fue una victoria justa y la verdad es que nos gustó mucho el juego. Cuando habíamos jugado M. y yo el tema de los tesoros perdía importancia frente al imperativo de cargarse al otro mago lo antes posible. A tres ya tenía más sentido el ir coleccionando cofrecitos. De todas maneras creo que a cuatro será mejor porque, si juegas con tres, a la mínima que dos se piquen el otro se va de rositas (de rositas de las buenas, no de las espinosas que obstruyen caminos).

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Paramos un momento para reponer energía y desplegamos la última flamante adquisición: el Runewars primera edición. Desde que salió la edición revisada resultaba casi imposible conseguir la vieja y, claro, nosotros somos de juegos sobreproducidos, de tres dimensiones y de cartón recio. Nosotros no somos de cajas manejables ni de abaratar costes. La pena fue que se nos escapó la liquidación de la tienda Nostromo de Murcia, donde le echábamos largas miradas de deseo cada vez que pasábamos por allí. En fin, tras una larga búsqueda al final apareció en una tiendecita madrileña, donde nos lo empaquetaron y nos lo enviaron raudos y eficaces.

Para desentrañar las reglas usamos el mismo método que con el Duel of Ages II. M. leía y yo hacía el esquema. Probábamos movimientos y batallas sobre el tablero. Todo parecía claro. Pero no. Una cosa es entender las reglas y otra muy distinta acordarse de todo cuando te pones a jugar. M. y Cristóbal estaban a la izquierda del tablero (desde mi perspectiva) y yo a la derecha, con lo cual ellos se dedicaron a disputarse terreno, ciudades y fortalezas y yo a campar a mis anchas y hacerme con las preciadas runas de dragón. El juego fue tan trepidante, tan épico, tan intenso que cuando nos quisimos dar cuenta (es decir, cuando se acabó la partida) eran más de las seis de la mañana y el sol amenazaba con salir. De todas formas es justo señalar que los héroes –incluso a pesar del nuevo papel que tienen en la edición revisada– son un pegote que te obliga a jugar a dos juegos diferentes y que a veces estorban más que otra cosa y también que las unidades con más iniciativa, las que luchan antes en la batalla, son muchísimo más determinantes que las unidades más fuertes pero más tardonas a la hora de dar hostias. Cristóbal se quedaba confuso y sorprendido cuando tenía que renunciar a unidades en el invierno, porque prefería quitarse a los más poderosos antes que a los primeros luchadores. Pues sí, es un Juego con mayúsculas, pero por este lado del mundo preferimos el Mage Knight en cuanto a cómo logra reflejar la lógica que tiene la épica.

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¿Ganaste? –me preguntaréis ansiosos. Casi gano. Veía cómo el ejercito azul y el verde se descarnaban mútuamente. Veía que nadie se metía contigo. Contaba mis cinco runas como el tío Gilito sus monedas. Quedaban un otoño y un invierno y me sentía buena y generosa (la bondad y la generosidad de los ricos para con los pobres, no nos engañemos) y elegí a M. para que cogiera influencia pensando que va, pobre, Cristóbal lo está acorralando y yo ya tengo esto casi ganado. Casi. En un momento llegué hasta a morderme el labio. Con hambre, con parsimonia. Pude saborear mi propio labio y notar el filo de mis dientes, pero no pude impedirlo. No sirvo para jugar al póquer. Coño. Morderse el labio no es rascarse, o tocarse la nariz, es algo asombrosamente evidente y lo bastante lento como para poder detener el gesto antes de que sea demasiado tarde. Pero no, yo no, yo sentía cómo se movía mi mandíbula y cómo se acomodaba mi labio bajo mis dientes casi como si le estuviera pasando a otra. Morderse el labio es un gesto que hacen los mentirosos ¿lo sabíais? un gesto que indica que tienen algo que esconder y no quieren que salga y por eso lo muerden y lo encierran en la boca. Así que yo encerré en la boca esas cinco runas y esperé a que terminara el invierno.

Finalmente M. dio el golpe de efecto, el pobrecito acorralado tenía tres cartas (dos recompensas y un objetivo) con runas de dragón. Más las tres de los territorios que controlaba hacían punto, set y partido. Eso le gusta a él, ganar con golpes de efecto, a lo grande, guardar sus cartas bien hasta el último, último momento. Jamás le he visto morderse el labio y sí, eso me asusta un poco. Las mentiras, los secretos, las runas jamás se le quieren escapar de la boca como a mí. Apretones de manos y despedida rápida porque nos caíamos de sueño. Lavarse los dientes. Desvestirse. Abrir la ventana. Cerrar la persiana para evitar el sol temprano. Acurrucarse. Pensar. Pensar en si fue del todo justo. Pensar en mi labio. Seguir sintiendo cada uno de mis dientes en él. Pensar en cómo vivir con las mentiras, con los secretos, con las runas debajo de una cara larga y quieta.

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5 pensamientos en “El triunfo de los discretos

  1. Lynx dice:

    Es que los amaneceres frente al mar están muy sobrevalorados. Necesitamos poemas, canciones, novelas, notas de amor que hablen de amaneceres frente a un tablero.

  2. Rheam dice:

    Genial reseña, como siempre, y las fotos muy chulas. Gracias por los ánimos para seguir buscando jugadores. Cuesta mil a veces.

    • maquiavela dice:

      Pues sí, pero nunca hay que perder la esperanza. En algún lado están, en su casa, en los bares, paseando al perro, con un alma jugona pugnando por hacerse oír y esperando a alguien como tú, como yo, que los siente a la mesa.

  3. Oceluna dice:

    Como siempre, un placer leerte… Y sí, normalmente en la vida el que se deja ver, el que se hace notar, es porque muchos de los recursos principales se les tambalean. Viva la gente discreta, porque su triunfo, suele ser el triunfo de todos. Un saludo.

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