Archivos Mensuales: diciembre 2013

A Sus Majestades los Reyes

Queridos Reyes Magos:

Este año he sido razonablemente buena. Mi grupo de juego ha perdido miembros por el camino, pero aún quedamos cuatro infatigables, más mi hermana cuando viene y Katia de vez en cuando. Hemos mantenido nuestra tradición de jamás jugar a un juego más de una vez, exceptuando el Descent, que ya llevamos unas cuantas partidas. Todas esas partidas, queridos Reyes, las he perdido estrepitosamente, pero no por eso he tirado la toalla. He mirado con lupa las reglas y he estado cada día más atenta para poder vencer algún día. Esa es mi primera petición para el año que viene: ganar alguna partida al Descent. El papel de Señora Oscura es ingrato pero necesario, Descent no se puede comparar al Ravenloft sin alma o al recientemente adquirido y sí, emocionante, pero bastante mecánico Pathfinder el juego de cartas. Descent ha perdido con esta segunda edición su capacidad de sorpresa, pero se agradece que las reglas ya no sean un galimatías difícil de recordar. Mis dulces enemigos nunca se niegan a acabar con mis preciosos monstruos y a brindar por mi derrota.

Por otro lado y como ya sabéis, he estado en Essen este año. Ha sido una de las mejores experiencias que he tenido, el segundo mejor viaje del año después de Asturias y una oportunidad única para conocer a buena gente. Os prometo que trataré de ir más a eventos de este tipo y conocer nuevos jugadores, diseñadores y juegos. A cambio tengo que pediros una cosa. Es un poco difícil, pero como sé que sois magos imagino que no tendréis ningún problema: Study in Emerald. Me lo pasé muy bien jugando y me dio mucha rabia que se agotara. Ya de paso y, si os sobran las perras, podrías acompañarlo con una copia de Sherlock Holmes Detective Asesor, para tener el pack completo del Londres Misterioso. Prometo también verme todos los nuevos capítulos de Sherlock para inspirarme.

Quisiera agradeceros algunos de los juegos que me habéis traído este último año, como los pequeños y resultunes Love Letter, Donburiko, Black Stories y Hanabi. Es cierto que el Black Stories no es para cualquier momento y alguna de las historias son un poco tontas, pero nos ha traído tardes y viajes muy agradables. A los otros tres puedes enganchar a cualquiera y eso siempre es de agradecer, pues no siempre he encontrado a gente dispuesta a tragarse media hora de set-up más media hora de explicación. Si tenéis más de esos los podéis deslizar en mis zapatos sin problema.

Tampoco podemos olvidar el Duel of Ages II, que habéis conseguido traerme a pesar de las aduanas y la distancia. Esto de que seáis magos, ya os digo, tiene muchas ventajas. Pues bien, ese juego nos ha regalado verdaderos momentos épicos. Nunca había visto un juego en el que la estrategia y el azar pesaran ambos tanto. Piensas tu estrategia y vas a por todas y luego zas, pierdes por una carta mala y te cabreas y gruñes y quieres matar a alguien y por último, cuando empiezas a calmarte y olvidar, quieres, necesitas, exiges jugar otra partida. Digan lo que digan los alérgicos al azar, no hay nada que enganche más que un golpe de suerte o de desgracia. No hay nada más épico que la fortuna.

Por último también hemos jugado a juegos del año pasado, como el Wilderness y el Wiz War. El primero es divertido y genial y nos ha dado la sensación de morir de sed o de hambre. Sobrevivió, como es lógico, el que más experiencia tenía en bosques y montañas. El Wiz War también nos encanta, con su estrategia, sus hechizos y sus puñaladas. Me gustaría que me trajerais en algún momento del año (no hace falta que sea en Navidad) la versión en castellano, porque a los chicos les cuesta leer el inglés y hay hechizos que no usan porque tienen mucha letra y claro, así pierde gran parte de su gracia. A cambio yo os daré la versión en inglés con las figuritas de los magos pintadas. He de decir, además, que a uno de los magos lo pinté yo y se parece muchísimo a Melchor, así que os lo podéis quedar vosotros para vuestras partidas en el desierto. No os decepcionará.

Ah, y sí, también me gustaría que me trajerais algún juego de mucha interacción y puñaladas, como el Battlestar Galáctica o el Spartacus, dos de las partidas más memorables de este año. Podría estar bien el República de Roma, aunque la verdad es que tengo un poco de miedo a las reglas. Lo dejo a vuestro sabio criterio.

Sobre si quiero el Heroquest para las navidades que viene, pues la verdad, tanta polémica ha habido que ya ni sé. No tengo muy claro a quién creer ni qué cosas son lícitas, legales o justas. Como vosotros sois muy sabios espero que sepáis arrojar luz sobre el asunto, no sé, algún escaneo de una carta de Hasbro, un e-mail de Baker, algo bueno y sólido que me permita aceptarlo o una denuncia, un tribunal y una condena que me permita rechazarlo. De momento ha sido tan turbio todo que ha perdido su magia. Sólo vosotros podéis decidir si ha de recuperarla o tiene que condenarse para siempre.

Nada más que se me ocurra ahora. Aparte de juegos ya sabéis que siempre podéis traer cosas calentitas, tipo calcetines, zapatillas y jerséis, para no pasar frío mientras jugamos y que este invierno esté lleno del calor especial de una mesa con amigos y un tablero en el medio.

En 2014 prometo jugar, beber, querer, reír, escribir, porque la felicidad es la más hermosa y necesaria de todas las revoluciones.

Sinceramente vuestra,

Maquiavela

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Los niños y las niñas

Los niños juegan con coches y con tanques. Las niñas juegan con muñecas y trenzas. Los niños juegan con balones. Las niñas juegan con carritos. Los niños juegan a pegarse. Las niñas juegan a contarse secretos. Son muchos años haciendo lo mismo, jugando a juegos muy distintos como para que no llegara a causar ningún impacto. De pequeña era mi hermana la que quería coches. Ninguna de las dos quisimos pelotas. Una vez que jugué a pegarme acabé con un ojo morado y con mi madre en el colegio echándole la bronca a un niño que se llamaba Marcos y que a partir de entonces y para el resto de mi vida llamé “El Gilipollas” y al cual dejé de hablar, a pesar de que intentó disculparse –a su torpe manera– porque las niñas jugamos muy bien a la venganza.

Es diferente entonces cuando vienen las niñas a casa. Preparo té y pasteles porque me gusta que me digan lo rico que está todo, me gusta que recuerden el momento y las niñas sabemos recordar eso, porque hemos jugado a tomar té y pasteles desde que éramos muy pequeñas. Cuesta más sacar juegos, las niñas no quedamos para hacer cosas, quedamos para jugar a hablar, para conocernos, para contarnos, para jugar a solucionar la vida de las otras, para jugar a enamorarnos de los novios de las amigas y jugar a odiar a quienes las ofendieron. De todas formas se han ido acostumbrando poco a poco, y ya conocen alguno de mis juegos y es más fácil. Los niños en cambio no hablan. Es decir, sí, sí que hablan. Hablan de la última película de Ridley Scott o del décimo capítulo de la tercera temporada de Breaking Bad, hablan del Himalaya, o de Roma, pero hablan en los ratos libres, una vez empezada la partida. Los niños tienen sed de sangre, quieren matar al dragón, matar a todos los dragones que existieron alguna vez o matar al mismo dragón de nuevo, porque saben que no morirá nunca.

Los niños tienen más paciencia. Te pueden escuchar durante horas la larga explicación de las reglas. Los niños están acostumbrados a las reglas. Las entienden, las asumen, las recuerdan. Las niñas quieren jugar sin nada que interrumpa, quieren que la tarde fluya como el té, liviana y dulcemente. Las niñas eligieron el Fauna. Los niños eligieron el Wiz War. A las niñas les gustan los animales. Nos han enseñado desde pequeñas a amar a los animales, a acariciar perritos y gatitos y bebecitos humanos, envueltos en diminutivos mulliditos y tiernos. Los niños quieren tener poder. Los niños han jugado a tener poder. Los niños quieren lanzar hechizos, poner trampas, robar tesoros. Mis tesoros se fueron pronto. Los niños no tienen piedad. Yo tampoco tengo piedad. A veces soy brutal cuando juego y pienso en lanzar no sé, una bomba, un ataque nuclear, algo memorable. Los niños olvidarán la pizza y la coca-cola. Los niños no olvidarán los ataques memorables. Aquella vez que me cargué el tanque de agua en el segundo turno o cuando acorralé a los Lanister o esta vez, sólo que esta vez me salió el tiro por la culata, contra-hechizo y un montón de maná desperdiciado inútilmente y claro, una lo sabe, una ya lo ha dicho, que la discreción es la clave de este juego y luego va y suelta esa bomba, que le explotó en las narices. La maguita listilla se quedó dando vueltas mientras su archienemigo y sin embargo amado M. se cubrió de gloria. Pero la niña, la de los muffins de Jamie Oliver y el oolong en perlitas de ginseng avanzó con sus pequeños animales, gritando y riendo, porque sí, también hay que jugar a la foca y el galápago, y batió sus palmas cuando llegó al final, sin pena alguna porque no es un juego cruel. Es un juego opuesto a la crueldad, si es que hay algo opuesto. Supongo que sí, la amabilidad es lo opuesto y Fauna es un juego amable. No sé a qué esperan a sacar una expansión. Todas las niñas que han venido a mi casa adoran ese juego.

Las niñas trataron de jugar al Coup, pero no terminó de resultar. No sabían mentir ni querían matarse. A las niñas no nos han enseñado a matar, nos enseñaron a cuidar las unas de las otras y eso, mejor o peor, es lo que hacemos. Hubo que terminar en tablas. Ante tal fracaso sólo había un juego que podría salvarme, el juego más tierno, dulce, amable y cariñoso de la historia: El Dixit. Los niños en cambio nos enfrascamos en el Clash of Cultures, sin demasiada violencia pero con una guerra fría que se iba extendiendo por el territorio a punto de estallar.

Mi versión del Dixit (la tercera) no les gusta a las niñas. Dicen que las cartas son muy tristes y oscuras. Tienen razón. Son tristes. Son oscuras. A veces las niñas son demasiado sensibles a las oscuridad porque de pequeñas jugábamos a que teníamos miedo y claro, luego ocurre que llega un momento en que tienes miedo de verdad y ya no te gusta el juego pero ya es demasiado tarde. Debería comprar el Dixit 2, el de las cartas bonitas y alegres y mezclar ambos, para que las niñas no se asusten, para que puedan ir a la cama soñando con los angelitos y con naranjas dulces. Los niños desarrollamos la estrategia lo mejor que supimos, la verdad es que es un juego con muchísimo sentido, en donde realmente ves a tu civilización crecer y progresar. Ganó M. también, gran triunfador de la noche, pero no pudimos pelear porque se hacía tarde y tuvimos que acortar demasiado la partida. Sin embargo los puntos que tuvieron más mérito fueron los de Cerezo, que metiendo 3 barcos en un lago minúsculo y paseando a un colono hasta el otro lado del mapa sólo se quedó a 3 puntos del ganador. Las cartas objetivo pueden significar una gran diferencia, no lo olvides. Yo quedé subcampeona –nadie se acuerda de los segundos– con la conciencia tranquila de haber entendido muy bien el juego y haber jugado bien.

A los niños les gusta irse a la cama pensando en batallas, en un barco pirata o en el centro del campo del Santiago Bernabeu. A las niñas les gusta dormir pensando en playas, amores y laureles. Las niñas durmieron bien esa noche, con el Dixit titilando bajo sus retinas, acunando sus sueños. Los niños durmieron bien esa noche, pensando en sus siguientes movimientos, en sus territorios, en sus ejércitos, en un futuro de sangre y gloria.

Yo lo recogí todo, la noche de los niños, la noche de las niñas, y las empaqueté muy bien bajo mi almohada. Me gustan los niños y las niñas. Soy un niño y una niña, una niña que sueña con cuentos y caricias, un niño que quiere ver castillos arder bajo su ira. Si un día pudieran sólo eso, jugar los niños a ser niñas, jugar las niñas a ser niños y jugar todo juntos, como si no hubiéramos jugado nunca hasta ese preciso instante, como si estuviéramos aprendiendo ahora, con el amor y el odio que exige cada juego, con el amor y odio que precisamos cada uno. Cada una.

(Me perdonan ustedes la falta de fotos en esta entrada, ocurrirá muy pocas veces más, se lo prometo. Está el fotógrafo de viaje y una sola no sabe, no se atreve, no quiere. Por favor, perdóneme, lo pido humildemente).

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