Archivos Mensuales: octubre 2014

Un buen verano

Ha sido un buen verano. Desde muchos puntos de vista ha sido un verano magnífico, un verano difícil de superar. He empezado con un curso sobre juegos de mesa, en concreto, cómo desarrollar juegos de mesa para potenciar competencias en jóvenes. El curso ha sido casi como una historia de amor, con un par de bielorrusas encantadoras que inexplicablemente pillaban todos mis chistes, con un grupo casi como un solo ser, cuidándose y queriéndose como si fueran un grupo de exiliados nostálgicos, con la familia Trzewiczek con nosotros: Ignacy, Merry y Lena, con más juegos de los que podéis imaginar. Al principio a los participantes les daba miedo empezar a jugar. Creo que ahí entendí muchas cosas, entendí qué es lo que aleja a la gente de los tableros, de qué naturaleza es ese vértigo que los agarrota y no los deja entrar. Porque para entrar en un juego hay que dejar muchas cosas fuera, hay que vencer resistencias antiguas, aprendidas a fuego, insertas en la piel de cada uno y eso exige cierto grado de determinación. Para entrar es necesario asumir el fracaso como algo natural, casi como algo necesario, bueno, ligero, y no, para nosotros el fracaso no es eso. El fracaso es terrible, pesado, es algo de lo que tendríamos que huir, algo que nos hace peores y menos deseables. El primer fracaso cuando entras en un juego son las reglas. Es extremadamente difícil entenderlo todo a la primera, trasladar esas palabras a acciones con sentido y estrategias. Muchos son los que se frustran con las explicaciones y cada vez estoy más convencida de que no se trata de aburrimiento, sino ese miedo a fracasar, a no estar entendiendo, a que se te escapen cosas, a la certeza de que cuando te pongas a jugar te surgirán mil dudas, que meterás la pata.
El segundo fracaso es el más obvio, el miedo a perder. No tienes miedo a que no te guste. Los libros, las películas, las canciones no dan miedo. Una no abre La Broma Infinita con los ojos entrecerrados y el corazón encogido. La abre con ilusión, aunque sepa, esté casi segura de que acabará abandonada en la mesita de noche bajo un thriller y un libro de crecimiento espiritual. Libros amigables, libros duros, pero nunca libros que asusten.
No, el susto viene de otros lugares, viene de la confrontación, del reto, de la acción. No puede haber fracaso sin acción y el juego, los juegos te enfrentan a una acción trepidante, aunque sea en miniatura. Seré tonta si fallo, qué pensarán de mí, y qué ocurrirá si no soy capaz de ganar nunca, si siempre pierdo, perder me convierte acaso en una perdedora. Son pensamientos apenas formulados, son barreras invisibles que hacen que los juegos cojan polvo en la mesa, en la estantería, en los lugares insólitos.
Hay que decir sin embargo que poco a poco se fueron venciendo esos muros, y los chicos jugaron incansablemente al Robinson hasta ganar y que aguantaron mi explicación incomprensible de cómo jugar al mus y que los momentos muertos se fueron llenando de partidas, fichas y dados.

Y luego siguió un verano atareado. Dejé de un lado blogs, lecturas, incluso series (yo que no encuentro mayor placer que ver capítulos a escondidas hasta que se me caen los párpados) y fueron meses de trabajo, de clases, de intercambios, de lecciones en las que fui aprendiendo más de lo que enseñaba, que me dejaron en herencia un puñado de amigos y un facebook convertido en una herramienta de trabajo, en el modo preferido de contacto para la gente que quiere su dinero, su certificado, su carta, y que lo quiere ya.

Continuamos con un enorme, gigante, inabarcable proyecto que habíamos empezado hacía tiempo: el juego de tablero de la Marca del Este. No va mal, estamos muy contentos con las mecánicas, los escenarios, las historias. Es un reto difícil, pero también algo que te hace conocer lo que son los juegos de verdad, sin paños calientes, en toda su desnudez, su crudeza, sus horas de trabajo.

Un verano laboralmente impecable, de crecimiento, expansión y aprendizaje. Un verano para enmarcar y enseñar a tus padres, para que se sientan orgullosos de lo que hace su hija, de lo lejos que ha llegado.

Y por otro lado, un verano exento de pereza, sin días perdidos, sin reglas a medio leer ni tardes de piscina, un verano sin capítulos, un verano casi sin derrotas. Los momentos perdidos no crean memoria, no dejan impronta alguna en la historia personal de cada uno, mucho menos en la historia social de las naciones. Esos momentos no sirven, ciertamente, para nada. Escribir, leer, jugar no tiene propósito alguno, es algo que haces conducida tan solo por las ganas de no hacer ninguna otra cosa. No requiere preparación ni planes, no hay que ponerle una fecha y un horario, sino que se cuela entre tus dedos cuando todo lo demás parece tener mucha menos importancia, cuando te importa “literalmente” un bledo tener mails sin contestar, largas listas de cosas por hacer, la casa sucia. Llega un momento en nuestra vida en que la pereza exige cierto grado de voluntad, de resistencia a lo que es obligatorio, a lo que debe estar hecho, a lo prioritario. Este verano la pereza no ganó la batalla, fuimos trabajadores, fieles, astutos, sin poner excusas, esforzándonos al máximo. Dedicamos nuestra única semana de vacaciones a preparar documentos. Conducta irreprochable. Nuevo término acuñado por mí misma “workificación” (o convertir en trabajo aquello que era un juego). Grandes logros.

Sin embargo nostalgia, nostalgia de tardes barajando cartas, nostalgia de días que no podrías recordar porque no ha sucedido nada memorable, nostalgia de tardes parecidas entre sí como dos gotas de agua y que conforman un tiempo, una época, un momento tranquilo, saludable.

Cuando cogimos el tren a Torrellano ya estaba tan alejada de la pereza, del placer hedonista de jugar sin propósito que casi me quedo en casa preparando informes. Pero habíamos comprado el hotel en Abril y el avión en Julio y no había vuelta atrás. Essen nos esperaba. Y Essen nos rescató.

Aunque esa historia, amigos, es otra historia, una historia más otoñal. No es conveniente mezclar estaciones. El otoño vendrá, me dejaré caer otra vez en esta misma esquina, con este mismo ordenador, probablemente ya con la manta sobre los pies, y os contaré un poco de aquella magia, de la magia de Essen, capaz de devolvernos a la improductividad y la pereza.