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Cuando todos son buenos

Dejar de jugar. No hay tiempo, ya sabéis, demasiadas cosas. Se acumula el trabajo, las clases, los proyectos, lo que tenía que haber terminado hace tiempo y lo que empiezo, a pesar de que no he terminado lo anterior.

Habría que jugar siempre, contra viento y marea, ponerse serios con eso, porque es un tema muy serio. Se ven las cosas de otra manera con cartas en la mano y sí, ahora más que nunca, hay que ver las cosas de otra manera.

Por un momento pensé que el Table Top Day pasaría por casa sin pena ni gloria, que nos pillaría a M. y a mí atareados, con la casa desastre y el ordenador a toda máquina, de mal humor, sin tiempo. Por un momento creí que la rutina vencería a las celebraciones y el Papá Noel de los juegos pasaría de largo de nuestra chimenea como pasa de largo de las chimeneas de los niños malos o pobres.

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Ser mentiroso y cruel también es un arte

Pero no, tranquilos, no fue así. Por algún raro milagro conseguimos quedar por fin con Farko y Fayzah para echar la tarde del domingo con unos cuantos juegos, y por otro raro milagro también se vino Khristo y su chica, que no había jugado a nada en su vida y que casi se levanta de la mesa con el Coup (última vez que lo intento sacar con neófitos en el tema, dos de dos fracasos), pero que poco a poco se calmó y fue cogiéndole el gusto gracias al Dixit y al Fauna. Es bueno tener juegos amables, juegos que no requieran de la traición y el engaño, juegos bonitos, de dulces sueños, que despiertan lo más limpio del instinto y no lo más brutal. A estos dos les tengo especial cariño, porque me han logrado regalar grandes sesiones de juego con gente no especialmente predispuesta. En el Dixit quedé a unos pocos puntos de la gloria, que fue a parar a manos de M., en el Fauna ni siquiera me acerqué a la recta final; Khristo logró vencernos con un último bichus mexicanus 1 región. En el Coup Fayzah fue quien me dio el último golpe de gracia, en un duelo final entre mujeres exento de golpes bajos.

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El conejito negro, pagando caro su lirismo.

El conejito negro de Khristo quedó innegablemente rezagado, preso del gusto de su dueño por las ideas fantasiosas y las metáforas oscuras. Sé que dicen que en el Dixit no hay que ser muy obvio, pero con 6 jugadores o más, lo de ser obvio suele dar mejor resultado que ser críptico: siempre hay alguien que saca una carta más obvia aún que la tuya o un despistado que vota según criterios difíciles de seguir para el razonamiento humano.

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El animal que lo pesaba todo y lo medía todo

Un compromiso social nos dejó con 2 jugadores menos. Quedamos Fayzah, Farko, M. y yo. De toda la ludoteca eligieron el juego al que habíamos intentado echar una partida la noche anterior (el verdadero table top day) con poca paciencia y resultados funestos: me quedé a mitad de leer las reglas y no, no sabía jugar.

Le eche un vistazo a lo que me quedaba de las reglas, montamos el segundo escenario y allá fuimos, al interior de la mazmorra de Super Fantasy. Gracias al cielo estaba Farko, que es capaz de abalanzarse sobre el manual como un águila y encontrar lo que busca en unos pocos segundos, amén de recordarlo después. Normalmente una está sola, nadie quiere tocar el libro de reglas como si transmitiera alguna enfermedad incurable y tal es su aversión a este pequeño objeto que un “¿quieres leerlo tú?” basta para zanjar cualquier discusión.

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Los monstruos aguardan.

Pues bien, a medida que íbamos jugando nos dábamos cuenta de todas las cosas que hacíamos mal. Siempre aparecía alguna característica de la habitación, del monstruo, del juego en sí que se nos había pasado por alto, o simplemente habíamos supuesto demasiado y nadie logra descubrir la verdad si empieza a suponer. Conseguimos vencer pero no, no lo hicimos bien, nos equivocamos a nuestro favor (la manera bonita de decir “hicimos trampas”) demasiadas veces como para juzgar el nivel de dificultad/diversión del juego. Es un juego donde no hay malo. O sí. Sí que hay malo, pero el malo es invisible. El malo es el propio juego. Tú tienes que darte cuenta de las acciones y tirar y comprobar y moverte y volver a comprobar y atacar. Hay pequeños mecanismos para intentar suplir la ausencia del malo y ¿sabéis qué? siento deciros que no hay nada en este mundo que pueda sustituir a un malo, uno real, uno que se devane los sesos y se mueva hacia ti y tenga sus absurdos y maquiavélicos planes. Sí. ¿Por qué no? Un malo como yo, al que disfrutar venciendo, viendo morder el polvo, con los ojos a punto de las lágrimas, no de pena sino de impotencia. Ninguna mecánica puede sustituirlo.

La maldad, señores, la maldad hay que saberla administrar con calma. No se puede sacar un coup y pedirle a gente, a gente buena y normal que sea mala. No está bien hacer eso. Es cruel. Pero tú sí lo sabes, sabes que el mal está ahí, que vive en tu interior lo mismo que en los otros interiores, más o menos oculto, más o menos listo para actuar. De vez en cuando alguien tiene que vestirse los ropajes pesados y negros, la capa hasta los pies, el cetro de oro, la corona con cuernos, la risa punzante. Prepárense, niños inocentes con pesadillas antiguas, hombres y mujeres de bien, amigos fieles. Prepárense porque esta vez se han librado, esta vez han jugado sólo los buenos, pero no será así siempre. Sin malos, sin perversos, sin traidores y crueles, los buenos dejarían de tener sentido.

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¡Alerta!

No era el mejor móvil del mundo. En realidad era un aparato bastante frustrante. La mayoría de programas se colgaban y algunos ni siquiera llegaban a abrirse. A veces tardaba unos 3 minutos desde que dabas a llamar y la llamada se ejecutaba. Nada aconsejable para urgencias. La cámara tampoco era ninguna maravilla. Normalmente tenías que pasar las fotos por algún filtro sepia para poder enseñarlas. Quiero pensar que fue por esas razones y no por despiste, por falta de atención, por la que lo dejé olvidado sobre la mesa de la terraza de aquella cafetería en Murcia. La pena duró poco, M. decidió ingresarme su regalo de reyes en mi cuenta, y con eso y el que me había ingresado mi padre nos metimos en la fnac y tardé unos 15 minutos en decidirme por un phablet 5HD a buen precio del que no había leído una sola línea.

Sin embargo no podemos olvidar el despiste, pues ni todo el desapego del mundo habría hecho que una persona no despistada se dejara su móvil sobre una mesa de una terraza de una cafetería. Me lo decía siempre mi madre cuando era pequeña,  con aquella frase de Confucio “cuando como, como”. Y sin embargo ahora estamos cada vez más acostumbrados a hacerlo todo a la vez y a no hacer ninguna de las cosas con entrega: comemos mientras vemos la tele, trabajamos mientras actualizamos el facebook, hablamos mientras contestamos mensajes. Estamos en todos los sitios y en ninguno a la vez. Si tan sólo pudiéramos dedicarnos a lo que estamos haciendo en cuerpo y alma, completa y conscientemente, eliminaríamos gran parte de nuestra ansiedad y estaríamos más sanos y felices. No es importante la naturaleza de la acción que estás realizando, sino la atención con la que lo haces.

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Mi reflejo al acecho del donburiko

Esta verdad se vuelve evidente cuando nos sentamos a la mesa para jugar, y el juego que lo demostró no podía ser más sencillo: Donburiko, una tontería de juego en el que tienes que coleccionar bellotas para que sumen siempre 6 o menos de 6. En el juego primero se colocan tantas cartas boca arriba como jugadores, después por turnos se colocan nuevas cartas boca arriba o boca abajo o se coge una fila de al menos dos cartas. Un fallo de novato suele ser prepararte tu propio Donburiko (6 puntos exactos) y rezar para que nadie se lo lleve hasta que te vuelva a tocar. Alguien se olerá la tostada y te robará el Donburiko y en cuanto alguien canta Donburiko se termina la ronda y nadie más coge nada.

Juan Cruz cayó en la trampa, se hizo un Donburiko antes de mi turno y entonces yo me sentí lista y afortunada, y se lo quité y le hice una foto y me dediqué a prepararla para subirla a twitter y pavonearme de mi triunfo y de mi astucia. Pero claro, la partida seguía, yo estaba con el móvil y me volvía a tocar. Solté una carta sin apenas pararme a contar, pensando que estaba haciendo una fila de 5, que dejaría a M. aplacado y me permitiría ganar algunos puntos que necesitaba para ganar. Pero no era de 5 la fila, era de 6, y la astuta quedó como una tonta, quiso corregir el error pero no la dejaron, porque en esta casa no se le permite jamás corregir errores y en realidad a nadie le gusta que estés con el móvil durante la partida, aunque sea para hacer fotos.

Después estuve más templada con el Chinatown, el juego de negociación que compramos “por culpa” (o gracias a) la reseña de Black Meeple. Pensamos que iba a ser más de puteo, pero en realidad se trata que conseguir tratos que dejen satisfecho a todo el mundo, aunque al final beneficien más a unos que a otros. Mis largas horas viendo programas de “subasteros” unidas a mi experiencia en esta tierra, donde la negociación es algo cotidiano incluso entre amigos, hicieron que cerrara tratos tremendamente ventajosos como si estuviera haciendo favores y concesiones. Mi hermana no ganó pero creo que fue uno de los juegos que más disfrutó de su visita. Desde siempre le ha encantado ser la banca en todos los juegos, manejar el dinero, comprar y vender, acumular riquezas. Fue muy ambiciosa, pero necesitaba demasiado de los demás, y en este juego –como en la vida– es terrible necesitar a los otros, pues quedas a expensas de su buena fe o sus deseos de extorsionarte. M. se guardó muy mucho de negociar conmigo.

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Al día siguiente hizo una lista de los juegos que le gustaban de mi casa. Básicamente todo, menos el mansiones de la locura, que se ganó uno de sus peores cabreos cuando no podía decir a los otros los movimientos que ella había pensado para resolver el puzle. Sólo falta que los ordene de más a menos y dé algunas razones y os trasladaré aquí su lista.

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Cómo unas manos tan delicadas pueden tener tal pasión por el asesinato

No tuvimos mucho tiempo para jugar, pero sí cayeron algún Love letter, un par de Colorettos, algún rato al Jaipur y al Glastonbury y unos segundos al Timeline (no se puede jugar a este juego con gente tan culta como mi hermana y mi cuñado. No se equivocan casi nunca y va demasiado rápido). Mención especial requiere el Coup, un juego que pensé que mi hermana iba a odiar y sin embargo le encantó y el Cheaty Mages, que no le gustó nada pero nos regaló algún que otro momento climático de esos en los que la balanza cambia de golpe. Y cómo no, el River Dragons, en donde se las ingeniaron de nuevo para dejarme acorralada en mi pequeña isla sin escapatoria posible.

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Y por último el primero, el juego que lo inició todo, el que nos hizo meternos a coleccionar cajas y a dedicar gran parte de nuestro tiempo y nuestro espacio al mundo de los juegos: El Talismán. Hay pocas cosas tan entrañables como juntarse con familia y buenos amigos (en este caso un buen amigo) en Navidad y aventurarse por esos tres anillos. Al principio pensaba que era un juego tan sencillo que era prácticamente imposible que a alguien no le gustara. Pero es cierto que requiere paciencia, mucha paciencia y gusto por la temática de fantasía, y no todo el mundo cumple los requisitos. Intenté ser buena. Era la última noche y no quería arruinar nuestra partida de Talismán navideña. Pero claro, me tocaron un par de hechizos para robar, parar y atacar y, sí, al final los usé. Le quité el hacha a M. y me fui con mi druida silbando hasta la región intermedia.

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Juan Cruz había acumulado astucia de sobra para llegar a la región interior y estaba a una casilla del final (habíamos decidido por unanimidad parar el juego en cuanto alguien llegara a la corona). Sin embargo su astucia no le servía para vencer a los demonios –cada vez estoy más convencida de que en este juego puedes ganar con fuerza y sin astucia, pero no al revés–. M. intentó ayudarle, pues ya pasaban de las 2 y al día siguiente madrugábamos. Hay un momento en el Talismán en el que lo único que importa es que alguno venza, en el que se convierte en una especie de colaborativo para lograr acabar el juego. Pero no, el juego acabó con nosotros. Cuando Juan Cruz murió decidimos que Talismán había vuelto a ganar sobre los aventureros (como aquella vez en que nos convirtió a todos en sapo) y cerramos el tablero.

Aún no he guardado los juegos que saqué para jugar con las visitas. Me da pena que ya no tengamos nuestra partida después de cenar (entre dos, ya lo sabéis, nunca es lo mismo). Ahora nos turnamos M. y yo para intentar superar el record del Dots con el móvil. El móvil y los juegos tendrán que convivir, pero tendré que dejar al aparato de lado cuando se abra el tablero. No quiero volver a perder la atención y, como Confucio debería haber dicho: cuando juego, juego.

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